dissabte, 26 de juny de 2010



-¿Lo ves? -gritó ella-. ¡Es fantástico!
Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el centelleo del multicolor cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que filtraban las hojas, la amé tanto como para olvidarme de mí mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y contentarme pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía feliz. Los caballos adoptaron un trote suave, comenzaron a salpicarnos, a fustigarnos el rostro olas de viento, fuimos sucesivamente zambulléndonos en charcos de sol y de sombra, y cierto júbilo, cierta alegría de vivir intensísima se puso a brincar en mi interior como si me hubiese tomado una copita de nitrógeno.

Truman Capote, Desayuno en Tiffany's